domingo, 8 de noviembre de 2009

BAJADA A LOS INFIERNOS...

Buena noche y ni un alma por la calle. ¿Dónde se esconden...? A las puertas del bajomundo, las brujitas me dan un ticket para entrar a ese misterioso lugar donde se mueven infructuosamente las almas en pena. Apenas veo el guardián de la entrada bajo mi máscara infernal. Logro traspasar esa primera barrera y sigo tras las brujitas bajando escaleras a un extraño submundo. Me siento anónimo y libre bajo mi disfraz.

Lo que veo al llegar abajo, es otro mundo, una montonada de personas, todas de pie, algunas estáticas, otras riendo, hablando, contorneándose... Siento cómo alguien me estira de la careta queriendo arrebatármela. No me dejo. Alguien quiere quitarme el traje, ignoro su género, las brujitas no se me deben de perder. El ruido es atronador, el paso entre tanto gentío es lento y dificultoso, no me siento seguro allí dentro. Por fin, llegamos a la barra. Me quedo perplejo observando a las camareras y pensando en todo esto que tienen que aguantar. Me quedo maravillado de cómo pueden entender lo que piden los clientes, sin duda hablan un lenguaje propio del submundo terrestre, al cual no consigo acceder a pesar de mi especial condición.

Con nuestro brebaje en la mano, las tres brujitas y el diablillo emprenden una búsqueda de un escaso espacio donde permanecer de pie e intentar seguir el ritmo estrepitoso del sonido, bien sujetando el cilindro de cristal o bien depositándolo en una estrecha estantería de una columna. Un tablón en forma de mesa nos servirá para apartarnos algo de la vorágine marchosa. No nos gusta el sitio y una de las brujas decide cambiarlo. Nuevamente, atravesamos la densa nube de almas descarriadas y, en ciertos momentos, parece que no avanzamos y simplemente levantamos las piernas. Una doble puerta nos impide el paso y nos amenaza con separarnos. El diablillo no pierde de vista a las brujitas. Esta es una imagen totalmente decadente del infierno. Si Serafin levantara la cabeza...

Encontramos un rincón entre la multitud. Dos de las brujitas se mueven con airosa animación. El diablillo intercambia cómplices miradas con otra de las brujitas a la que parece que tampoco le va este lugar. Me siento acompañado. La falta de ventilación comienza a sofocar por dentro al diablillo. A través de un ojo de pez, veo serpentear a una chica como si de un baile de provocación se tratase. Hay espacio en torno a ella, ¡¡qué suerte!! La música no sabe seducirme.

Sigo la observación, ya sin antifaz (que lo dejo colgando de mi brazo para que no se pierda en la aventurera travesía por este infernal reducto de la sociedad moderna); nos abrimos paso para alcanzar una pequeña rampa donde hay una puerta en la que reza "salida de emergencia", con un gorila blanco apostado en ella. Esto es la selva: negros, gorilas, chimpancés en la barra probando bebidas, un indígena civilizado haciendo ruido con extraños aparatos y una pantalla plana tft tras una pecera, cabezas, algún cucurucho de alguna bruja despistada, luces psicodélicas, altavoces de donde salen las musarañas sonoras... Ohhhhh... ¿dónde está esa cadena de sonido con altavoces envolventes, donde la música que emana te hace sentir en el olimpo de los dioses...? Ni el propio Serafin sería capaz de tener esta morada de almas pecadoras... Aquí no hay pecado, más bien parece el purgatorio, ¿me abré confundido de submundo...?

Intento hacer que mi cuerpo peludo acompañe a la música, pero ésta no me llega con la potencia suficiente como para lograr que me comporte como un auténtico diablillo. Ratos de miradas, de chismes graciosos al oído, de observación, de meditación... preceden a una nueva conquista por otro espacio más tranquilo donde la brujita y el diablillo se sientan a descansar de tanto vaivén.

Un duro banco de madera nos acoje y bajo nuestros cucuruchos observamos cómo cinturas para abajo de múltiples personas de diversa índole y género pasan por delante nuestra. Cerramos los ojos y nos abstraemos de este lugar donde el cuerpo físico permanece hipertérrito.

Al rato, las otras dos brujitas aparecen y mientras una va a la barra de las sufridas camareras, la otra se queda sin fuego y un ser sudoroso y visiblemente colocado, juguetea con un mechero para darle fuego. Observo la paciencia del ángel rubio, sin perder de vista las acciones de dicho elemento. Otro especímen -con una botella de Heineken en la mano- se me queda mirando como si hubiese visto al mismísimo diablo. Mi segura mirada le hace volverse para contemplar a las brujitas. Se queda medio apoyado en el reposamanos de una silla, sin apenas andar unos centímetros. No deja de estudiar a las brujitas. Yo no le pierdo de vista. Siento que la brujita a mi vera se incomoda, pero no hay problema, cielo, el diablillo te protege. A los minutos, dicho grandullón consigue encontrar el hueco de la silla y se sienta sin dejar la botella y sin dejar de ver el mundo desde sus húmedos y alcoholizados ojos. No puede más el pobre hombre, no puede ni moverse. Un chico con pinta de estudiante modelo se encuentra sentado enfrente nuestra a derecha, viste camisa con el cuello dentro de un jersey, algo de melena y sentado con cara de conformista. De vez en cuando se echa un pitillo y se le nota que está esperando algo o a alguien, pero no se inmuta, no hace nada especial, simplemente, está ahí sentado con su mirar perdido y el pensamiento evadido.

Siguen pasando más y más seres de todos los colores por delante nuestra. Las otras dos brujitas se sientan a descansar enfrente nuestra, en otros sillones de madera, apostados delante de una gran pecera de cristal a través de la cual se ve un bar, asemejando a turistas cómodamente sentados y charlando, mientras nos miran por la pecera a todos los animales y peces que poblamos en ese momento este singular acuario.

Un chico con andar decidido pasa con una nevera de campo sin tapa. Al poco rato vuelve con la nevera repleta de vasos y botellas. Cuesta creer la cantidad de bebidas que se consumen en este antro repulsivo y lo veloz que ha sido recogiendo los vasos tirados o abandonados. De cuando en cuando, se oye detrás nuestra cómo se rompen cristales, que alguien pisa o los tiran. En el respaldo de mi asiento yace una botella de cerveza y bajo mis pies hay vidrios de todos los colores. Un lugar idóneo para coger cualquier cosa y dejarnos la salud. E chico de la nevera aún hará dos viajes más de ida y vuelta con relativa rapidez y, en todos los casos, con la bolsa repleta de cascos.

Faltan diez minutos para las 6 de la mañana, hora del cierre del desgarrador infierno, momento en que decidimos salir de allí. Subimos las escaleras y nos vamos encontrando por el camino, gente sentada, aburrida, harta, adormecida y esperando a no sé qué. Salir a la calle es toda una bendición, a cara descubierta. El aire nos da en la cara. Vemos cómo sale mucho humo o vapor por el techo de ese redondel infernal. Nuestro olfato aún sigue percibiendo el olor a tabaco que, sin saberlo, se nos ha impregnado en toda la ropa. Me costará quitarlo de mi traje de diablo. Mucha gente sentada afuera, esperando la hora del cierre del local para presumiblemente juntarse con sus amigos/as que aún están dentro. Estamos cansados y con ganas de irnos a casa, para darnos una buena ducha antes de dormir.


(Recuerdo de una noche de Halloween).